#Polémica #Niñez #Derechos #Limonada.
F.P.
Como buen catastro de indoctos, advenedizos y emisores de presagios entre apócrifos e intrascendentes, la tarea de los “influencers” muchas veces no queda a resguardo. Como lo puso de manifiesto una reciente apología del emprendedurismo precoz, al que sin embargo otros le asignaron catadura –lisa y llana- de explotación infantil.
Es sabido que lo digital y las redes sociales son el estanque predilecto en que nada esta especie atenuada y desilachada –los influencers-, versión de contrabando de lo que un siglo atrás la sociología estadounidense denominase “líderes de opinión”. Pero donde el líder de opinión ofrecía solvencia técnica, ingenio y acierto al tender a la confluencia entre su narrativa y la exactitud de los sucesos contados, el “influencer” apenas si puede alacranear con “1.000 likes” (tal vez comprados).
Es en estas coordenadas, en las que la grandilocuente autopercepción del “influencer” lleva a la intuición que toda ponderación resultará efectiva, donde puede aparecer como algo inesperado un usuario de carne y hueso de redes sociales. Y enarbolando la razonabilidad de la que carece el emisor, le administra un soliviante argumental que pone los hechos y las cosas en perspectiva.
Tal como parece haber sucedido con la pretensión a raíz de una niña que, con apenas 6 años, intentó ser presentada en el hemisferio influencer como estandarte del “emprendedurismo” [de la mente iluminada que, de la nada, proyecta una iniciativa que le provee sustento]. Si bien cabe plantear dudas que tal figura quimérica exista realmente (tal vez en el centro del país, donde el Estado no es quien apuntala el 99,9 % de todo proyecto productivo), se convendrá que sólo en las fantasías animadas de un/a infante/a un juego momentáneo de venta de limonada pueda empardarse con un emprendimiento.
Un pasaje por el turbulento backstage de la película “Sabrina” (1954) puede ilustrar tangencialmente el panorama. Según el anecdotario, los roces entre el director y guionista Billy Wilder y el actor Humphrey Bogart marcaron este rodaje. En una ocasión en que Wilder presentó la reescritura de unas líneas al actor, éste le preguntó la edad de su hija menor. A lo que BW le respondió: 6 años. “Lo escribió ella?”, fue la lacónica respuesta con la que Bogart notificó su descontento. 
De manera similar, ni cabe dudar sobre la existencia de los Bogart del siglo XXI que usan redes sociales y herramientas del mundo digital, y en el momento indicado propinan alguna lección. Muchos de ellos, listos y dispuestos a remarcar la línea divisoria –en contraste con el tutti frutti argumental del ideario influencer- entre precocidad empresaria y explotación infantil. Una réplica que ya ni siquiera va destinada al autor del desatino, sino al paradestinatario o tercero que lee.
En este caso, lo de la niña y la limonada a $ 10 fue relatada originalmente desde una cuenta en la red social Facebook que la publicó el sábado pasado. Horas más tarde, la novedad sería arropada de connotaciones corporativas en algunos medios que cultivan esa variante piadosa, el emprendedurismo, respecto a la supuesta falta de ingenio o ganas de quienes afrontan problemas de empleo o de ingresos. Un “garralapala” con apariencia algo más amable. Pero no tanto.  
Posología del embuste
A nivel general, la veracidad parece ser un rasgo con tratamiento despreocupado en esta nueva encarnación del prójimo que se valen del soporte digital para detectar incautos y desprevenidos. Una propensión de gran fertilidad en un microcosmos en el cual el objetivo de la cantidad de “likes” cosechados en 5 días (los que también pueden ser adquiridos por paquetes, al igual que los “seguidores”, los “contactos” y los “lectores”), antes que la fidelidad a los hechos narrados.
Uno de los “influencers”, conocido como Larz, efectivamente desembocó en la obtención de miles y miles de likes. Este buen muchacho californiano, a pesar de las advertencias de autoridades sanitarias, desafió los consejos y se grabó lamiendo un inodoro en lo que él mismo denominó “El desafío del coronavirus”. Y que publicó en Twitter, junto a un emoticón que denota rostro feliz. Y para el epílogo de una enfermedad que, efectivamente, luego contrajo.
Unos cuantos días después, Larz subió un video a la red social del pajarito donde se lo ve en la cama de un hospital. A sus miles de seguidores, les contó que se sentía “un poco triste” y que se sentía hecho “un desastre” en aquel momento, frase a la que acompañó por un emoticón de cara triste. En el que confirmó que había contraído esta enfermedad, luego de su temerosa acción.
No menos arrojado es el Youtuber, variante audiovisual del influencer, Jordan Sather. El bueno de Jordan es reconocido por su nula formación científica, la que no le impide protagonizar material en el que ofrece, expone y recomienda ingerir lo que él denomina Solución Mineral Milagrosa para combatir el coronavirus. Es decir, dióxido de cloro, un blanqueador de metales al que alguien del mundo digital le asignó supuestas propiedades benéficas para la salud humana.
Contra los consejos de Sather, las autoridades sanitarias estadounidenses redoblaron sus advertencias que esta SMM –dióxido de cloro- es susceptible de generar “vómitos severos” o “insuficiencia hepática aguda”. Además, pidieron a la empresa Youtube retirar de circulación el video con las recomendaciones de Jordan. A lo que el muchacho replicó con una denuncia pública de lo que evaluó como censura.
Otro escándalo, conocido en el hemisferio norte como el de “Quaden Bayles”, igualmente remite a catastros de influencers. Pese a conseguir cientos de miles de “likes”, el video de un niño que pide una soga para matarse, a causa de supuestos abusos de su padre, luego de esta proeza terminó afrontando acusaciones de falsedad en el contenido. Los propios internautas, afirmaron que QB no es ningún niño, sino un “influencer” con 18 años.
El muchacho, quien padece enanismo, se grabó en un audiovisual en que denuncia esta situación familiar, la que llegó a conmover y a realizar donativos hasta al actor Hugh Jackman (protagonista de X-men). Luego de la publicación de este material, otros usuarios aseguraron que el tal Quaden Bayles, en realidad es un actor y cuenta con otro material mucho menos conmovedor. Por ejemplo, algunas tomas en las que se lo ve contando billetes y a bordo de autos que suponen cierta capacidad económica de notable holgura. Y cuestiones por el estilo.
NdR, 9 de noviembre de 2020.