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“La persuasión
debe dar paso a la obligación”, concluyó al final de semana el escritor David
Jiménez. El ensayista y periodista se pronunció a favor, desde las páginas del
New York Times que los estados apelen al poder coercitivo para frenar el avance
de nuevas variantes del coronavirus.
El autor del
libro “El director”, evaluó este jueves que “la paciencia de los gobiernos es
loable, pero el avance de variantes cada vez más contagiosas y el
riesgo de perder la carrera contrarreloj contra el virus exigen un cambio de
estrategia”. Esto dijo luego de hacer un repaso de recompensas comprometidas a
cambio de vacaciones gratuitas en Hong Kong o sorteos por un millón de dólares
en EEUU, ofrecidos a quienes se avengan a inyectarse un antídoto contra la
COVID-19.
Con esta
moción, Jiménez destacó una de las trampas en que ha caído el neoliberalismo al
impulsar la germinación de corrientes anti científicas o potsmodernistas que
desembocan en una amenaza al interés general. Por ello, conjeturó respecto a
los antivacunas como “quienes se resisten a obtener esa protección podrían
alegar un ejercicio de libertad personal si las consecuencias fueran también
individuales. No es el caso: un número insuficiente de vacunados prolongará la
crisis y provocará muertes que podemos evitar”.
En este
contexto, resumió el pensador que “las consideraciones éticas y convicciones
personales no pueden estar por encima de la razón científica en situaciones de
emergencia sanitaria”. En las demás tampoco, sugeriríamos desde NdR.
De todas
maneras, el caso que ocupa al articulista se aprovisionó en base a “la
abrumadora evidencia sobre la seguridad y efectividad de las vacunas, de
las que se han puesto alrededor de 3000 millones de dosis en todo el mundo”.
Lo cual pone de manifiesto, más allá de toda duda razonable, “que hemos
encontrado la manera de atajar la pandemia”.
En tal
escenario, además de los ultra del neoliberalismo contribuye a volver a
encender las alarmas la variante Delta. Esta mutación, recordó Jiménez, “se ha
propagado por un centenar de países, está devastando poblaciones sin suficiente
acceso a programas de inmunización y ralentizando los avances en lugares donde
hay vacunas de sobra, pero faltan voluntarios para recibirlas”.
En auxilio a
esta reflexión sobre la variedad detectada hace unos meses atrás en India, citó
al especialista de la Facultad de Medicina de Massahcusetts, Jeremy Luban. El
virólogo alertó que “la velocidad a la que está aumentando [la variante Delta]
es mayor en aquellas áreas donde las tasas de vacunación son más bajas”.
Con lo cual se
pone de manifiesto el lado flaco del laissez faire extremo, al que no
suscribirían ni siquiera los teóricos del Iluminismo. “Urge que los Estados
tomen acciones”, advirtió en esta columna publicada este jueves por el NYT.
El columnista
contrastó que “la postura contraria a la vacunación es emocional y oportunista:
fácilmente defendible en países con sistemas de salud que te ofrecen una
segunda oportunidad cuando tu imprudencia te lleva al hospital”. Por lo cual
recordó a José Antonio Bastos, ex titular de Médicos Sin Fronteras en su
capítulo español, en cuanto a que “el debate sobre las vacunas es de sociedades
acomodadas que no han visto morir a niños de sarampión”.
Por ello, en
este suelto de opinión rememoró que en el siglo XIX los estados europeos
tuvieron que imponer el concepto del bienestar general, a fin de contener los
brotes de viruela. A partir de estos años, las campañas de inmunización se
realizaron “con diferentes grados de imposición y especial
determinación en la infancia”.
Herencia de
dichos años es que “el sistema francés de prevención incluye en su programa
hasta once vacunas obligatorias, incluidas las de poliomielitis, difteria,
tétanos o rubéola”. En tanto, en España “no estipulan un mandato específico en
sus leyes, pero han recurrido a él cuando ha sido necesario”.
En este plano,
Jiménez concluyó que la determinación favorable a “la vacunación universal,
gratuita y obligatoria reside en las mismas reglas de convivencia que nos hacen
establecer límites a la arbitrariedad de otros comportamientos por el bien
común”. Dicho escenario introdujo al debate el planteo del Tribunal Europeo de
DDHH que en abril apeló a la “solidaridad forzosa”, al fundamentar que la
vacunación obligatoria no viola los derechos humanos y es “necesaria en una
sociedad democrática”.
Ante el peligro
inminente de una nueva ola de la variante Delta u otras por irrumpir, ciudades
como San Francisco o Moscú impusieron las inyecciones a la población con mayor
grado de exposición. Mientras que la justicia española la introdujo en casos de
padres que plantearon objeciones no respaldadas “por datos científicos” o bien
en ancianos incapaces de adoptar decisiones en este escenario. Soluciones a
contrarreloj del nuevo tsunami sanitario que arribará a cada costa en los
próximos meses.
NdR, 2 de julio
de 2021.