El término xenofobia proviene
del griego xénos (extranjero) y phóbos (miedo), y significa temor al
extranjero. Así, por medio del recelo y del rechazo hacia los extranjeros se
induce la segregación que los gobiernos de todo el mundo proponen, por ahora, como
único modelo sanitario preventivo.
De lo que viene en relato puede
extraerse que ante la sorpresiva e imprevisible aparición de la pandemia, más
el bombardeo mediático del que todos somos víctimas, se han estimulado como
nunca antes los complejos y primarios instintos de las personas apelando a la
inseguridad, a la incertidumbre y al miedo. Miedo a enfermarse y perder la
salud o perder la vida, las propias o las de nuestros familiares.
Todos los temores se ven
representados y corporizados, en particular, por los foráneos, por los
extranjeros, por los migrantes, por los que llegan desde afuera, desde donde se
propagara el virus originado en China. Los otros, los extranjeros, son los
peligrosos, los potencialmente
enfermos, los portadores del mal, de la enfermedad, los que pueden
contagiarnos, por eso hay que encerrarse y no socializar con nadie. Más aun,
hay que impedir que otros socialicen, hay que denunciarlos.
El
encierro y la cuarentena impuestos por los países de casi todo el mundo (con
las connotaciones psicológicas que les son propias) vendrían a constituir una
especie de “xenofobia buena”, aunque confesamos no estar demasiado seguros de
la divisibilidad que podría trazarse entre ella y la nacida de la intolerancia,
la violencia, la criminalización y la discriminación; y es muy probable que los
reflejos sociales muten de forma radical en el sentido más disvalioso posible
por causa de la pandemia y de las recomendaciones oficiales.
Es innegable que en el mundo por
venir la xenofobia se verá potenciada, como nunca antes sucediera, por la
prédica de los mismos estados que la han condenado suscribiendo múltiples
instrumentos internacionales de derechos humanos.
Será difícil que, luego de las cuarentenas,
se supere como por arte de magia la desconfianza que nos ha sido inculcada
machaconamente respecto de los extranjeros, de los migrantes y de la enorme
cantidad de personas que transitan diariamente las líneas fronterizas de
nuestro país y de otros países.
Parece poco discutible que
marchamos hacia un mundo más xenófobo que antes de la aparición del COVID-19.
Más xenófobo, más chauvinista y más discriminador como lo anticipan inéditas
imágenes de aeropuertos y terminales desiertos, de rutas intransitadas y de
fronteras cerradas. Se avecina una tarea titánica…
La lucha
contra la discriminación y la xenofobia. El
INADI.
En Argentina esa tarea titánica
le compete principalmente, y hasta ahora, al Instituto Nacional de Lucha Contra
la Discriminación la Xenofobia y
el Racismo, organismo que hemos cuestionado desde casi su nacimiento por su
fisonomía centralista porteña y su escasa eficacia para conocer e intervenir en
las grandes y en las pequeñas discriminaciones y actos de intolerancia y
violencia que se llevan a cabo a lo largo y a lo ancho de nuestro extenso y
diverso país.
Ineficacia
que quizás se explique por el exacerbado centralismo que lo caracteriza,
centralismo que, como ha sucedido siempre, se apropia sistemática o
caóticamente (tanto da) de lo que le pertenece y de lo que no le pertenece, es
decir, de todo cuanto pueda apropiarse.
¿Por qué decimos esto?. Porque las
provincias argentinas se hallan en mejor posición, que un ente situado en el
puerto, e integrado casi exclusivamente por porteños, para intervenir en los
conflictos causados por la discriminación en cada una de ellas, y porque jamás
resignaron formalmente a sus atribuciones en esta materia. En efecto, ¿dónde
está escrito y consagrado que la lucha contra la discriminación, la xenofobia y
el racismo es una tarea que no les pertenece a las provincias argentinas?; ¿en
qué cláusula constitucional o legal las provincias abdicaron ejercer todas las
competencias para enfrentar la discriminación, la xenofobia y el racismo?;
¿cuándo y de qué modo se produjo la total delegación de estas sensibles
facultades?.
De la posición que se adopte
para responder devendrá la censura o la defensa de un organismo nacional,
alejado -física e ideológicamente- de la diversidad que habita el territorio de
las provincias argentinas desde que el INADI se emplaza en una compacta
metrópoli que en modo alguno posee los rasgos históricos, culturales,
geográficos, económicos ni étnicos de aquellas.
La ciudad de Buenos Aires no
parece tener parentesco con la selva chaqueña, con los valles norteños, ni las
extendidas geografías patagónicas. Ni con quienes allí habitan. Por el
contrario, la Reina del Plata evoca e imita (como siempre lo quiso) a las
capitales del oeste europeo que tomó antaño como únicos modelos sociales en
desmedro de todos los de la América ancestral.
El centralismo.
Basta repasar el origen de los
nueve Presidentes que tuvo hasta ahora el INADI (allende el respeto que todos
ellos merecen) para realizar algunas constataciones irrefutables. Ocho porteños
y un bonaerense. Lo mismo sucedió y sucede con las composiciones de sus distintos
Directorios, negadores de la diversidad que la Constitución argentina sanciona
y reconoce, en favor de un monopolio ya ni siquiera nacional, sino casi
exclusivamente porteño. Cómo esperar que se comportaran de modo federal…
¿De qué forma se ha llegado a
esta invariable situación de paradójica discriminación hacia los estados
provinciales que acontece desde la creación del INADI, en 1.995?. En gran parte
por el señalado insaciable apetito centralista del puerto, y en otra, por la
deserción de los gobernadores provinciales muchas veces dispuestos a entregar
las armas antes de que se las pidan, para congracio de las administraciones nacionales.
De allí que las provincias se hayan
corrido fácticamente, sin motivo plausible, de la tarea de luchar por los
derechos fundamentales sus habitantes contra de los ataques discriminatorios,
xenófobos y racistas; estado de cosas que debe comenzar a revertirse más
temprano que tarde. Resulta hasta inexplicable que no hayan creado en sus
jurisdicciones dependencias comprometidas con esta temática atento a que nunca
-repetimos- estas facultades fueron cedidas a la nación en el pacto
constitucional. El mismo reproche cabe predicar respecto del orden estadual
municipal, el más cercano a dichos fenómenos y a los problemas concretos de
gente.
La
ineficacia del INADI.
Allende estos enormes reparos
teóricos y constitucionales que mencionamos resta todavía considerar la
eficacia del organismo en todo el territorio nacional ya que podría
contestársenos que ella podría justificar el asfixiante centralismo que
censuramos. Pues bien, los resultados jamás han sido satisfactorios (por ser
casi inexistentes) y en todo caso ha servido para la promoción y exposición
púbica de figuras políticas de terceras líneas y como receptáculo para riñas
mediáticas.
Durante
años careció de presupuesto, de edificio y de personal propio; y jamás su
estructura fue suficiente para cumplir con la excelsa tarea que le adjudicaron
las leyes reglamentarias. Consecuente con los parámetros centralistas el INADI
colocó discrecionalmente “delegados” en las capitales de provincias (figura
propia de las organizaciones centralizadas) y lo hizo a dedo, con criterios
partidarios, sin considerar ninguna especialización y sin atender a los mayores
o menores problemas locales de discriminación, de diversidad cultural, de
desigualdad, etc.. Para colmo, los “delegados” de la Metrópoli en las capitales
carecen de poder decisorio y de legitimación procesal para iniciar procesos
judiciales (no obstante ser, en general, hábiles declarantes). Todo debe pasar
por Buenos Aires reduciendo el compromiso del INADI a dos o tres nombramientos
acomodados y un par de escritorios. De allí que pueda sostenerse que el rinde
institucional en Salta y en las provincias argentinas es casi nulo y se limita
a ofrecer oportunistas intervenciones mediáticas de los “delegados” del puerto.
Las
reiteradas apelaciones al federalismo que pronunciara el Presidente Alberto
Fernández en su campaña política abren una tenue luz de esperanza respecto de
las necesarias reformas orientadas a un federalismo concertado en este tema
como respecto de la suerte que habrá de correr este bastión centralista con
pretensiones excluyentes.
Si no ha respondido mínimamente
a las necesidades protectorias que le fueron encomendadas antes de la aparición
del COVID-19, la situación será mucho peor luego de tamaño adoctrinamiento
global respecto de los riesgos que representan los extranjeros y los migrantes.
Al distanciamiento social obligatorio sobrevendrá el distanciamiento social
espontáneo y la segregación del diverso. Ya se escuchan las voces que,
partiendo del miedo, demandan el cierre de países, ciudades y barriadas, y
muchas autoridades han actuado como al influjo de ellas.
Este panorama sumamente
previsible no parece estar muy claro en la agenda de la clase política
argentina impasible a las complicaciones sociales que habrán de producirse ante
la exaltación de la xenofobia y el renacimiento de los nacionalismos extremos
que amenazan los derechos humanos y los valores democráticos.
(*) Oscar Pedro
Guillén.
NdR, 11 de mayo
de 2020.