#SconesMortales
Con una base en
u$s 12.000 dólares este fin de semana comenzará la subasta del juego de té más
temido: el que usaba Yiya Murano en los agasajos finales a sus amigas, luego de
lo cual dejaban sus rupias y pasaban a la condición de ex. La historia de “La
envenenadora de Montserrat” es el morbo que motoriza esta compulsa, alrededor
de la vajilla mortal.
Su hijo, Martín
Murano, es quien lleva adelante esta iniciativa que tendrá una finalidad benéfica.
El hijo de Yiya se propuso que en función de lo recaudado se ayudará al Refugio
de Mili González, el cual ofrece albergue a 50 mascotas en la ciudad de Mar del
Plata.
Por ello, los
interesados en adquirir esta vajilla deberán girar sus ofertas al correo
electrónico: miradasdelcrimen@gmail.com
. De manera tal que la moción financiera más elevada, en función de tal
reliquia macabra, será la que consiga quedarse con ella y, tal vez, ofrecerla a
mayor precio en un futuro cercano.
Es que la
historia en torno a las sesiones de té, organizadas por Cristina Bernal de
Murano, hacia fines de los años 70 aún conmueven y estremecen por el misterio
que rodea a este caso policial. La mujer administraba cianuro a sus víctimas, a
quienes previamente había tenido la amabilidad de acercar con promesas de
inversión en la bicicleta financiera (lo que convertía en una certeza lo de “en
este país nadie hace la plata trabajando”, del precursor de Luis B, José
Alfredo Martínez de Hoz), que en una primera probada era rentable y en una
segunda quedaba en la nebulosa.
De tal manera,
la confianza ganada por Yiya servía de anzuelo para operaciones de reinversión
-garantizadas con firma de pagarés- que suministraban la ocasión de juntarse a
tomar te y charlar sobre bueyes perdidos. Pero en su mente, la de Murano, no
figuraba la retribución de intereses y menos del capital, una ecuación para la
cual cerraba únicamente la eliminación del prójimo o inversora.
Como eran tiempos
en que la timba o bicicleta financiera eran tan comunes como la desaparición de
personas, un 24 de marzo del 79 internaron de urgencia a doña Mema Del Giorgio
de Venturini. La mujer, tras sentir un malestar se arrastró hasta el pasillo
del edifico en que vivía y cayó al sentir mareos. Quien llegó para asistirla
fue la buena de Cristina Bernal, quien con gran preocupación, se las ingenió
para consultar a los vecinos si Mema había dicho algo antes de su caída.
Camino al
hospital, en medio de los estertores que daba Del Giorgio de Venturini, Yiya no
sólo alcanzó a vislumbrar el resultado de su industria. También se ocupó de las
consecuencias, por ello preguntó al médico si sería necesaria la realización de
una autopsia.
Luego de las
malas noticias provenientes del nosocomio, vocablo que no presagia nada bueno
tal vez por contener varias “o”, Diana Venturini detectó el faltante de unos
pagarés, en medio del shock por la muerte de su madre. Tras consultar al
portero del edificio, hilvanó que Yiya había llegado en medio de la
descompensación de su madre, había pedido la llave del departamento con el fin
de alertar a sus familiares, un aviso que Diana contrastó que jamás llegó. Por
lo cual, con este dato, más el faltante de los pagarés, fue hasta la comisaría
más próxima.
El deschave a
Yiya se dio mediante una investigación, no del todo minuciosa, pero al fin y al
cabo, eficaz. Además del destino mortuorio para Del Giorgio de Venturini (prima
de Murano), también se detectó un epílogo idéntico para su vecina Nilda Adelina
Gamba y Lelia Elida Formisano, pero sólo en términos conjeturales.
La autopsia
decisiva fue la realizada a Del Giorgio de Venturini, en cuyo cuerpo se detectó
la presencia de cianuro. En cambio, en los casos de Gamba y Formisano, inhumadas en tierra, esa tarea no arrojaría
resultados decisivos ya que en el proceso de descomposición de los cuerpos una
de las sustancias que se forman es el clorhidrato de cianuro [NdR: lo cual impide
establecer si la sustancia esta allí por causas naturales o por haber sido
ingerida en vida].
En abril del
79, la policía detuvo a Yiya en su casa de calle México, en el barrio porteño
de Montserrat. Al año siguiente, en el penal de Ezeiza le detectaron un tumor
en el cerebro y se lo extirparon. En junio del 82, el juez Angel Mercado
decidió absolverla y la dejó en libertad. Tres años más tarde sus excusas que “nunca
invité a nadie a comer” fueron desoídas y la decisión de Mercado se revisó y le
confirmaron la condena.
Así que luego
de 16 años de estar presa, la norma procesal del 2x1 le permitió volver a salir
en libertad. En agradecimiento a los magistrados, Yiya envió una caja de
bombones. Pero, ya sin invitación alguna a tomar el te.
(++) Martín Murano supone que, además de los tres crímenes de los que se acusó a Yiya (su madre, a quien se niega a denominarla así) pudieron haber sucedido un total de 11 casos similares. Los cuáles no se detectaron por impericia de autoridades judiciales.
NdR, 8 de septiembre
de 2023.