Brasil: un país asfixiado

Los profesionales de la Salud Mental fulminaron como un auténtico genocidio lo que está sucediendo en Brasil, a raíz de la pandemia. Desde la Conferencia Latinoamericana de la revista de Psicología Analítica emitieron este fin de semana un pronunciamiento crítico sobre la administración Bolsonaro. El colapso es tanto hospitalario como sepulcral.
Hace 5 años ASUNTOS DE FONDO

#Manifiesto #SaludMental #Brasil

"Nosotros, analistas brasileños participantes de la Conferencia Latinoamericana del Journal of Analytical Psychology, pedimos un espacio para denunciar, nuevamente, la gravísima situación en que se encuentra Brasil y el pueblo brasileño.
Vivimos el impacto de la tragedia de la pandemia de Covid-19 que está cada vez más preocupante y ya mató a más de 300 mil personas en todo el territorio nacional. A pesar de estar en cuarentena hace más de un año, el número de enfermos y muertos crece aterradoramente, generando la agonía del sistema de salud tanto en la modalidad pública como privada. Faltan vacunas, medicinas, profesionales de la salud, espacios para enterrar a los muertos: colapso, simultáneamente, ¡hospitalario y funerario! El miedo extremado al paroxismo, la ansiedad y la depresión, evidentes expresiones de una condición traumática, se generalizan y aparecen diariamente en nuestra clínica. Con la pandemia, la crisis económica que ya estaba instalada se intensificó, multiplicando el desempleo, el hambre y la miseria explicitados por el escenario desolador que inquieta nuestros ojos: las calles de Brasil colmadas por personas y más personas viviendo en situación precaria.

La necesaria cuarentena solamente se hace posible para las poblaciones más favorecidas financieramente: multitudes tienen que luchar por su supervivencia cada día, enfrentando transportes públicos abarrotados, resultando en una aglomeración contraindicada por los protocolos divulgados por la Organización Mundial de la Salud. La irresponsabilidad gubernamental excede los límites tolerables. Por ejemplo, el auxilio financiero destinado, en el año del 2020, a la población pobre y miserable, no fue mantenido este año. Fue aprobada, solamente, una pequeña ayuda financiera que aún no fue distribuida. Los ricos y poderosos han demostrado no tener prisa... Mientras tanto, ¡el país pide socorro, asfixiado!
El enfrentamiento de la pandemia en Brasil agrava las adversidades de un contingente poblacional acosado por otra asombrosa tragedia. Al final de 2018, fue elegido un gobierno de extrema derecha que ha sido responsable de la gravedad de la pandemia en Brasil. Desde el inicio, el presidente de la República defendió medicamentos sin efecto, combatió el distanciamiento social y el uso de máscaras, estimuló aglomeraciones, negó la necesidad de vacunas, incitó dudas en la población con respecto a la cientificidad de las medidas preventivas y no organizó el sistema de salud para enfrentar la pandemia. Hoy, podemos denunciar que los ciudadanos brasileños ven, atónitos, un genocidio, testimoniado con frialdad, desdén e incluso con sarcasmo por Jair Bolsonaro y su gobierno.
Es desolador constatar que la calamidad que vivimos el año pasado no encuentra referencias en la historia brasileña. El gobierno Bolsonaro aprovechó la pandemia para acelerar sus objetivos perversos: destruir el Estado brasileño, con el silencio y la complicidad de gran parte de la elite económica que quiere aprovechar este desgobierno para disminuir las leyes que intentan proteger a los más pobres, la salud y la educación pública, el medio ambiente, las tierras indígenas, el bosque amazónico y el Estado democrático de derecho.

Durante el año pasado, mientras quedarse en casa y mantener el distanciamiento pasó a tener en Brasil un significado político de oposición al gobierno, fuimos incitados a oír, impotentes, las declaraciones absurdas y perversas del capitán-genocida, invariablemente ladeado por militares de alto rango. Sin aparentar ningún pudor o ni siquiera vergüenza, el presidente elogió el período de la dictadura militar y sus implacables procedimientos de tortura, habiendo recibido a torturadores de ese período en el palacio de gobierno. No bastase tamaña sordidez, desmanteló los órganos de defensa de la Amazonía y de sus pueblos ancestrales, burlando la percepción crítica de la población con respecto al incendio sin control e intencional del bosque amazónico y del Pantanal – la mayor planicie inundable del mundo.

Imágenes de animales silvestres quemados en este paisaje nos aterrorizan. Como complemento a este programa sistemático de violencia, el presidente incentiva la destrucción de tierras indígenas por la minería clandestina que ya no es reprimida. Hoy, hay tribus enteras contaminadas por el mercurio ilegal que envenena los ríos amazónicos, una de las mayores reservas forestales del mundo.
Sin embargo, la acción más abyecta del gobierno Bolsonaro consistió en su insistente negación a comprar vacunas contra el Covid-19, mientras importaba y autorizaba la adquisición de armas para ser usadas por sus apoyadores. Junto a tal infamia,

presenciamos una política de destrucción de las mejores universidades del país y constatamos que no hay ninguna planificación para garantizar la enseñanza pública durante la pandemia, lo que motiva, hace más de un año, el abandono de las escuelas y la inexistencia de clases destinadas a los niños pobres. Como complemento a este programa mortal, la palabra género está prohibida en las aulas y la homofobia, el racismo y la misoginia se convirtieron en un espectáculo diario.
¡Brasil está asfixiado! ¡Hay un genocidio en curso!
¡Este manifiesto solicita una escucha atenta a los amigos de la comunidad Junguiana, para que estas denuncias lleguen a todo el mundo y, también, para que podamos encontrar apoyos fraternos!". 

NdR, 11 de abril de 2021. 


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